EL MISTERIO DEL ÓRGANO PERDIDO
-Y ya hemos llegado a la Catedral de Murcia, o mejor dicho, Catedral de Santa María. Comenzó siendo un templo cristiano dedicado a Santa María, de ahí su nombre. Su construcción comenzó en 1394, con estilo gótico. Pero sus posteriores reformas la han dotado de zonas con otros estilos, como una fachada barroca, la que ahora podéis contemplar, que reemplazó la antigua renacentista, debido a daños causados por una riada del río Segura. Si seguís caminando llegamos a la puerta de los Apóstoles. ¿Alguien sabe el estilo que presenta?
-¿Gótico, profesora?
-¡Muy bien, Francisco! Sigamos rodeando el monumento, que vamos mal de tiempo. Bien, ahora nos encontramos en la puerta de las cadenas, un ejemplar renacentista, y donde se puede ver la torre campanario con más claridad. Como hemos estudiado en clase antes de venir, y confío en que muchos lo sepáis, la torre consta de diferentes cuerpos: dos renacentistas con variaciones decorativas, una tercera barroca, en el cuarto hay cuatro temples con cúpulas piramidales, y el quinto es el campanario, de estilo rococó. ¡Os recuerdo que mañana tenemos el examen! Pero, lo más interesante e impresionante de todo, es lo que ésta maravilla guarda en su interior. ¿Alguien me dice qué?
-¡El corazón y las entrañas de Alfonso X El Sabio! –dijeron todos los alumnos a la vez, con ímpetu.
-Eso es, chicos. ¿No os parece increíble, que estén en esa urna, en el presbiterio, a pocos metros de donde nos encontramos? Aunque, según dicen, Alfonso quería que su corazón fuese enterrado en Tierra Santa, y no se cumplió su voluntad. Habladurías, en mi opinión. El monarca amaba Murcia. Es precioso este altar, ¿no os parece? Bueno, continuemos.
-¡Eh, Iván! Ven, ven –susurró Julián a su amigo mientras el resto del grupo continuaba la visita por las distintas capillas. –Yo no me trago que estén ahí el corazón y las entrañas de Alfonso X.
-Pues tendrás que hacerlo, así lo ha marcado la historia –contestó este.
-Pues yo quiero pruebas. Venga, acompáñame hasta ahí a ver. No hay párrocos, y sólo está nuestro cole de visita a esta hora, viendo las capillas de la otra punta de la catedral. Además, sólo serán unos minutos. Venga, ayúdame.
-Como nos pillen nos la cargamos.
-Que no, venga, rápido. Las rejas están abiertas, menudos estúpidos. ¡Já! Mejor para nosotros.
-Corre, venga, está en esa urna de piedra de ahí, con los heraldos que la profesora nos enseñó ayer en la foto ampliada. Ve rápido y no rompas nada.
-¡Pesao! Ya. Oye, esto pesa un quintal. –Julián empuja, pero sin éxito-. Puff. Ayúdame a apartar la piedra.
Deseoso de acabar con aquello, Iván ayuda a su amigo en la terrible locura que se propone, y finalmente logran apartar la piedra algo menos de la mitad, lo justo para ver con claridad lo que esconde su interior.
-¿Ves? –Le reprocha Julián –te dije que aquí dentro no había nada. –Iván mira una y otra vez, atónito de ver que su amigo tenía razón, y que aquella urna no contenía órgano alguno.
-¿Y qué hacemos? –Pregunta Iván. -No podemos decírselo a la profesora, pues nos castigará. Y ni mencionar al párroco.
-Dejemos que todos crean lo que oyen, ¿para qué chafar las ilusiones de la gente? Nosotros sabemos la verdad, y es suficiente, de momento. Volvamos a tapar esto y larguémonos rápidamente antes de que nos pillen.
-Sí. Pero Julián, entonces, ¿dónde está el corazón de Alfonso X?
Años antes, en 1854…
-Oh, tendremos mucho trabajo con este incendio. Todo el altar mayor está dañado. Deberemos restaurarlo, y también la urna de Alfonso X y otros muchos detalles de la catedral –comentó Mariano Pescador a su compañero.
-Veámoslo como un nuevo reto y un gran honor, Mariano –respondió Antonio José Palao.
-Que así sea, pues.
Tras varios meses, Antonio José le comenta a Mariano que la restauración de la urna está concluida, pero que el altar mayor aún requiere mucho tiempo de trabajo.
-Muy bien, ya veo. Toda obra de arte necesita su período de creación, y la prisa le resulta enfermiza –dice el señor Pescador.
-Sí. Pero si me lo permite, quiero hacer un viaje para liberar mi inspiración y soltura en el trabajo. Un tiempo de relajación, ¿sabe usted?
-¿Quiere usted volver a Zaragoza?
-No, mi intención es viajar a Jerusalén.
-Oh, buen destino para inspirarse mientras restaura uno una catedral.
-Eso pensé yo. Estaré de vuelta en una semana.
-Aquí le espero señor Palao. Espero que traiga nuevas ideas que comentar y ganas de trabajar.
Tres días después, Antonio José Palao ya está en Jerusalén, andando por el Monte Calvario, a sus afueras. En lo más alto, cava un hoyo medianamente profundo, y posa en él un pañuelo cubriendo algo con forma más o menos ovalada.
-Su voluntad ha sido cumplida, Alfonso. Ya puede descansar en paz.
Nadie puede saber nada con absoluta certeza, quizás esa fuese la verdadera voluntad del monarca. Aunque a mí me gusta pensar, que todo se hizo como él deseaba, y que su corazón descansa en paz en la Catedral de Murcia. ¿O no?
Loli Meseguer Semitiel, 1º Bachillerato BH
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